Es cultural

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La literatura y el deporte se unen y cuentan historias. Muchas de ellas son de la vida cotidiana, y otras, de grandes hazañas y momentos imborrables del deporte. Un jugador profesional o amateur, amigos, y las anécdotas que dejan marcas en sus protagonistas. En la literatura esas huellas quedan para siempre en el lector, y desde Globalonet buscamos ese nexo con ustedes. 

Es cultural. Por @Ezequiel_Olasagasti – @Globalonet.web


Morris es un buen pibe y de eso no tengo dudas. Pero nunca más lo llevo a un fulbito con mis amigos. Confío que la ciudad de Buenos Aires es lo suficientemente rica en actividades como para pasearlo hasta que termine sus vacaciones.

Vuelvo a decirles, es alguien que todos quisiéramos como amigo, como hermano, hijo, primo o lo que sea. Así se lo vendí a los pibes para que me dejen llevarlo a jugar el jueves. Creo que, en la previa al menos, lo creyeron. Cuando llegamos se pagó las birras y todo, así de una y sin consultarle a nadie. Vi como el corazón de Carloncho quedó flechado con el Gringo.

Me tomó todo el viaje de vuelta a casa explicarle a Morris lo que había pasado. No me detuve en traducirle las puteadas. Creo que entre fuck y la concha de tu madre no hay mucha diferencia. Pero hay dos cosas de las que estoy seguro: La primera es que todo el bardo ese fue una sutíl confusión cultural. Algo que Morris mamó de guacho y que, obvio,  los pibes de la canchita no pueden entender así como así. La segunda cosa que tengo en claro es que si el yanqui no está todavía buscando los dientes es porque me puse frente a él cual represa contenedora de la ira de mis amigos.

Todavía les explico que es un buen pibe. Sale de vez en cuando el tema y yo soy un militante en la defensa de mi amigo del norte. Algunos ya se calmaron y aceptaron las disculpas a regañadientes. Me gustaría pensar que entendieron mi teoría de “La sutíl diferencia cultural”. Sin embargo la frase “No traigas nunca más al pelotudo ese”, me dejó en claro que el asunto se perdona pero no se olvida. Mi amigo norteamericano y el fútbol con los pibes deben seguir, de ahora en adelante, caminos separados y por la mayor distancia posible.

A Morris lo conocí en Nueva York hace dos años. En unas de esas vacaciones solitarias donde te lanzas a la aventura y que sea lo que Dios quiera. Apenas pisé el aeropuerto me empezaron a llegar los mensajes de mi amigo El duende con una sola advertencia:

-Si estás en Nueva York y no vas a ver a los Nets te mato por idiota-

Le hice caso y esa misma noche era último nabo de una fila enorme para entrar al Barclays Center dónde hacen de local. De la nada apareció este morocho gritándome:

-Arshentina, Messi, Messi-

Me señalaba la camiseta de la selección que, como buen argento soberbio, me puse para hacerme notar. Le sonreí pensando que era un gringo más y que lo único que sabía del país es que ahí nació El pulga. Pero en un momento me empezó a hablar en un español medio cavernícola y me llamó la atención lo mucho que sabía de fútbol. Arrancó con Messi, después me habló de Riquelme, después de Batistuta. Y así, sin caer en la cuenta, estaba entrando al palco que tenía reservado con los amigos para ver a los Nets discutiendo si Bielsa era un “cool chest” o no. De ahí en más no me separé de Morris, terminé parando en su casa el resto de mis vacaciones. Juega para el equipo de “Soccer” de la universidad de Columbia, tiene una beca gracias a eso que le deja estudiar comunicaciones. Lo fui a ver un par de veces a la cancha. No es nada del otro mundo, bue, como si yo fuera Ronaldo. Pero creí que por tener beca de futbolista el tipo la rompía. Es correcto, un volante por la derecha con llegada, velocidad para el desborde y una buena pegada para los centros pero no le pidas que tire un caño porque le da un ACV en el intento. Igual para lo que es el fútbol yanqui él es un diez. Desde las gradas pensaba:

-Si yo vengo a estudiar acá me pido una beca de estas jugando a la pelota y soy Gardel.

Igual no debía ser tan fácil seguro.

Seguimos en contacto gracias a la magia de la tecnología y las redes sociales. Hablamos seguido. Y fuera de los estereotipos que me invadían sobre que a los yanquis no les importaba lo que pasaba fuera de la frontera, el pibe se volvía loco cuando le mandaba videos de asados con los chicos, los partidos en la Bombonera, las jodas en los boliches, etc. Él me contaba de recitales que nunca van a venir a Argentina, fotos de cuando salieron campeones estatales y videos desde el palco de los Nets que me dieron una pequeña envidia. Yo no tengo palcos ni en ferro.

-Me vou de vacaciones a arshentina- me tiró una noche como quien dice “Me voy a la costa”.

No titubee ni un minuto en ofrecerle mi casa para que se instale. Prometí devolverle el favor de ser su guía en la ciudad como él hizo conmigo. Todavía le quedan un par de días por estos pagos, días que mi departamento será como una embajada que resguardará su integridad física. Ya no puede pasearse por el barrio por el temor de encontrarse alguno de los que formaron parte de aquel partido. Lo tienen marcado como si hubiese recibido el beso de la camorra. Lo veo por las tardes sentado en el puf de mi living moviendo el índice de un lado a otro de la pantalla de su celular o jugando al PES. Juega con el barça, mamita estos yanquis. Si se le antoja salir pedimos un taxi, los días de tomarse el 106 se quemaron en la ira de todos los que buscan lincharlo después de ese partido.

La cagada que me mande fue tratar de ser original. O sea, el flaco es de Nueva York. Tiene todo lo que nosotros vemos en la tele a la vuelta de la casa. No creí que el Obelisco le dejara un recuerdo imborrable a alguien que puede ver la estatua de la libertad todos los días. Yo amo mi ciudad, pero así como la adoro sé que es una mierda. Pero ojo, sólo yo puedo decir que es una mierda. Si viviera en las cataratas bueno, ahí tendría para que se caiga de culo pero vivo en Caballito.

-¿Vamos a jugar a la pelota?- le pregunte.

Me miró y no dijo nada, solo arrugo las cejas. Le expliqué que alquilábamos una cancha todos los jueves con unos amigos.

– ¿Yo puedo jugar?-

Sabía por dónde venía esa pregunta, no lo hizo de soberbio pero supe lo que quería decir.

-No te ofendas Morris- le dije -pero yo te vi jugar y acá en Argentina sos del montón- por suerte se rió, yo me hubiese mandado a la mierda.

Querer hacerme el de barrio me salió terriblemente mal. Si por lo menos hubiese organizado el partido un día antes que se vaya. Se pudría todo pero a la mañana siguiente se iba y listo. Pero no, todavía lo tengo que esconder casi una semana hasta que salga su vuelo.

Caímos a la cancha de Alfredo media hora antes. Le presté la camiseta de la selección que llevaba puesta cuando nos conocimos. La tenía juntando polvo en casa porque a esta altura ya me marca la panza como un matambre.

-Messi, Messi. Hoy seré Messi- me decía mientras entrabamos al vestuario.

Saqué los botines y la ropa de la mochila. Le mostré la parte trasera de mi casaca de Boca y le dije:

-Vos podes ser Messi total yo soy el fucking Diego

Es increíble el abismo que hubo entre lo bien que Morris se relacionó con el grupo y la forma en que terminó todo, con el corriendo entre una lluvia de escupitajos y nudillos que lo apuntaban pero no se terminaban de disparar. Arrancó todo bien, Morris no desentonó, metió un par de goles y unos pases en cortada que Ale definió como sabe. Claro que acá no estaba jugando con sus compañeros de facultad que solo corren y se chocan. Se comió sus buenos caños. El gordo incluso le tiró un sombrerito de espaldas que fue un poema. Pero más que bien su rendimiento.

-Che es bueno el gringo este- me dijo Fede mientras esperábamos que un lesionado vuelva a pararse.

Pero llegó el momento que detonó todo. Morris recibió por la derecha, pegado a la línea. Ale se metió al área esperando el centro.

–Guarda que el negro tira el centro- gritó el gordo desde mitad de cancha.

Para qué. Morris se quedó estático, clavado al piso. La pelota se le fue por la línea del córner. Todos pensamos que le había tirado, que sintió algún pinchazo o algo.

–Whats you say?- le dijo Morris al gordo.

– You are a racist- le gritó después.

Nadie entendió nada pero no necesitabas ser bilingüe para saber que había dicho algo del racismo.

– Racista- dijo Morris esta vez en su español peculiar.

Casi que lloraba el tipo. El gordo me miró con cara de póker. Morris no es alguien violento, lo único que hizo fue dar media vuelta y salir de la cancha. Los pibes preguntaban que le había pasado y, en ese momento, no sabía que decirles. Me pegué el pique de la tarde para ir a buscarlo. Tenía los ojos vidriosos y sacaba el aire por la nariz como el bufido de un toro.

–Ey, relax bro- le dije en mi inglés igual de peculiar.

Me dijo que se quería ir, que no podía creer que yo fuera amigo de gente así, que bla y que bla. Me costó un poco pero caí en la cuestión. Decirle negro a un morocho en Argentina es una cosa pero en Estados Unidos es un tema muy serio. Por suerte no me vio cuando aguante la risa. Le expliqué que en Argentina decirle negro a alguien es una muestra de afecto, de confianza. No me entendía muy bien, le volví a pasar los botines que tiró por la bronca y le seguí explicando.

–Acá no tuvimos los problemas raciales de ustedes. Somos racistas de otro modo pero es largo de explicar. Incluso a la gente que más queremos le decimos negro. Negro o negrito. Estuvo el negro Olmedo, hay un tipo en la radio que le dicen el Negro Dolina- Morris me clavó la mirada en silencio.

–En el fútbol tenemos un montón de jugadores que le decimos negro.- seguí -El Negro Palma, el Negro Cáceres. Un montón- me callé ahí porque no me acordaba más jugadores con ese apodo.

Morris entendió, no esbozó ni media sonrisa pero comprendió que no todos siguen las reglas de Gringolandia.

–Ok, it´s cultural. Entiendo- me dijo con los botines ya puestos de nuevo.

Volvimos a la cancha. Nadie decía nada. Les expliqué y todos levantaron la cejas y abrieron la boca como quien recuerda algo obvio. El gordo le pidió perdón quince veces, en español y en inglés. Morris se las aceptó y acá no pasó nada. Como no terminamos el partido ahí, que verde. Si ya estaba todo mal parido para que seguirla.

–Es gringo, no va a darle una patada al gordo por bronca- pensé –primer mundo-

Ojalá hubiese sido una pata. Se hubiesen pecheado un poco y nada más. Problema de ellos dos. Tampoco es que el gordo es mi mejor amigo del mundo. Si el solo estaba enojado con Morris no iba a generar el quilombo que tenemos ahora. Bueno, el partido siguió. Un gol ellos, uno de nosotros, que me estás cagando un gol, que yo ya atajé y todas esas cosas hermosas. Morris vuelve a recibir solo por la banda derecha. Me salgo un poco de la historia y me pregunto ¿Por qué siempre estaba tan solo? En fin, agarra la bocha por la derecha y el gordo lo entró a correr. Con esa panza igual es rapidísimo, solo que no tiene mucho aguante. Le siguió el tranco a Morris hasta la línea del córner donde sacó el centro. La pelota le impactó de lleno en el cachete al gordo que se tiró al piso como si le hubiesen dado un balazo. Creo yo, más para recuperar el aire que por el dolor.

–Banca, banca que le rompió la jeta-  Dijo uno del fondo

Morris se acercó y le dio la mano para ayudarlo a pararse.

–Que debilucho resultaron los Argentinos, eh. Ya veo porque perdieron en Malvinas- me gritó Morris entre carcajadas.

El gordo se olvidó del dolor, del cansancio, del partido, del valor del dólar, de todo. Se le fue al humo a Morris y le dio un empujón que casi lo sienta en el pasto.

-Sos idiota vos- le gritó. Atrás venían los demás. Al principio con ánimo de apaciguar la pelea pero nadie pudo evitar increpar al gringo. “¿Cómo vas a decir eso? “Es una falta de respeto”, “Con eso no se jode, pelotudo”. Lo rodearon en un segundo. Me pegué el segundo pique de la tarde. El más rápido de mi vida, creo. Ya veía las manos echas puños pero que todavía no levantaban vuelo.

–Ey Ey. Calma- suplicaba Morris.

–Che, banquen. Ey esperen- grite entre jadeos.

Llegé a tiempo para evitar la masacre. Creo que me podría haber comido una piña yo también con la bronca que tenían. No traté de calmar las cosas, agarré al gringo y lo saqué corriendo.

–What the fu…-

-Dale agarra la mochila y vení conmigo- le dije.

Nos subimos al primer taxi que pasó. El gordo salió a la puteada limpia. Hasta le tiró una piedra al taxi. Estaba sacado.

Fue todo un error cultural. Vuelvo a decirlo. Obvio que me pareció una barbaridad lo que dijo Morris pero bueno, los pibes no entienden. Él se comió que le dijeran negro como un campeón. Entendió que acá le decimos negro de cariño a la gente, es cultural. Yo entendí lo que él me explicó en el taxi. No lo comparto, pero lo entendí.

–En America vivimos de guerra en guerra. La Segunda Mundial, Guerra Fría, El Golfo, Irak. Y con eso sacamos películas, videojuegos, canciones. Hasta con Vietnam, que la perdimos, sacamos películas de Chuck Norrisl. It´s cultural. Solo fue un chiste con Malvinas, muy susceptibles- me dijo mirando todo el tiempo por el vidrio del taxi.

Ezequiel Olasagasti.

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