La promesa

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El sueño del ascenso en la liga formoseña parece desaparecer cuando el querido DT, Pedro Goloztegui, cae internado. Ella tendrá que hacerse cargo del equipo para llevarlo a la victoria en el partido final del campeonato. No solo va a tener que ganarle al contrario sino también al murmullo que viene de la platea local y la prensa que quiere cubrir la labor de la primera DT mujer del Futbol argentino. Pero su necesidad de ganar se debe a algo mayor.

Por: @Ezequiel_olasagasti@Globalonet.web


El estadio Roberto Pliegayo superaba en quinientas personas su capacidad total. Más de cuatro mil almas se reunieron allí para ver al equipo del pueblo, el club futbolístico San Timoteo, que se jugaba el pase del torneo regional de la Liga amateur formoseña al torneo argentino B. Los cronistas, periodistas, fotógrafos y demás neutrales que se hallaban ahí tenían otro interés además del match: presenciar el debut de Florencia Luchiati, la primera entrenadora mujer en un equipo masculino de la historia del futbol argentino. El morbo era tal, que incluso llegaron periodistas de Buenos Aires para presenciar el encuentro. Salieron los equipos a la cancha que explotó en gritos de aliento y papelitos. Los entrenadores se saludaron cordialmente y Florencia se ubicó en el banco de los locales. Los gritos de la platea masculina a sus espaldas no se hicieron esperar. Elogiaban de la forma más grosera que podían la curvilínea figura que la entrenadora dejaba ver en su indumentaria del club San Timoteo. Ella sólo le prestaba atención al casi inaudible susurro que los más conservadores hinchas mayores hacían sobre su condición de mujer y por tal motivo era incompetente para el cargo.

La profesora Luchiati tomó el mando del equipo una semana antes del partido final debido al grave estado de salud que obligó a la internación del querido técnico Pedro Goloztegui. Ella era vista con buenos ojos por la presidencia y la comisión directiva. Se corría a sotto voce que tarde o temprano la tendrían en un cargo importante en la institución. Además, la avalaban años jugando en el club, ganando diez títulos como jugadora y ocho más como entrenadora de “las Indias”, el equipo femenino del San Timoteo. Se hizo todo a las corridas pero finalmente arreglaron un contrato por dos temporadas comenzando por este partido en el que Goloztegui no podría presentarse.

Los jugadores ya sabían de su nueva entrenadora pero el presidente hizo la presentación formal el lunes por la mañana, seis días antes del partido por el ascenso. Los muchachos quedaron atónitos por la belleza de la mujer. Su pelo era puramente negro y contrastaba perfectamente con su tez blanca. Completaba el combo unos ojos verdes oscuros como una esmeralda sin pulir. Su busto era normal, aunque ella lo consideraba un estorbo a la hora de jugar, unas piernas y caderas propias de alguien que practicaba fútbol desde muy pequeña. Se envolvía todo esto en la camiseta del club que le regalaron cuando se retiró como jugadora y unas calzas deportivas.

–Buenas días –dijo ella a sus dirigidos con una sonrisa.

Ellos devolvieron desganados el saludo y se escuchó uno que otro comentario soez de algún cobarde que se escondía en el fondo. Florencia torció la boca, se ubicó en el medio de la ronda y dio un giro cual modelo.

–¿Ya está? ¿Me vieron bien? ¿Ya dejaron de babear? Ahora déjense de boludeces y vamos a entrenar.

La semana de entrenamiento fue por demás complicada, no por el juego o el físico de los muchachos. Eso estaba perfecto y la D.T. pretendía cambiar lo menos posible el equipo de su predecesor hasta la próxima temporada. El problema era tener que escapar de las insinuaciones románticas que Florencia recibía de parte de sus entrenados. Todo el tiempo tenía que rechazar cenas, paseos y regalos que le ofrecían. Se encargó de todo el trabajo físico el antiguo ayudante de campo de Goloztegui. Florencia no pudo enseñarles más que una mísera jugada de pelota parada que hicieron con poco compromiso.

El partido dio inicio y el San Timoteo comenzó a hacer todo lo contrario de lo que había hecho durante todo el torneo. El zurdo Ordeñes, cada vez que tomaba la pelota, intentaba hacer una jugada fantástica o un caño lujoso. Pocas veces lo lograba, y cuando así era miraba el banco de suplente a ver si la entrenadora lo había visto lucirse.

–¡Ordeñes largala rápido porque te cambio! – Le gritó ella.

Marsotti era el cinco del equipo. Era un jugador con más experiencia y el capitán. Tal vez esa podría ser su última final, pero no podía permitirse aceptar órdenes de una mujer a la hora de jugar. Según él, las mujeres no entendían nada de futbol. Si su entrenadora gritaba que la cambie a la derecha, él la tiraba a la izquierda. Cuando le pedían que centre, él se metía al área donde se la quitaban con facilidad. Durante casi todo el encuentro perdió cada pelota que tocó.

Los murmullos sobre la condición de mujer de la entrenadora aumentaban entre el público. Se desplegaron banderas en la tribuna contraria cargando al San Timoteo por esto: caricaturas de los jugadores con vestidos y otras donde la D.T. les pintaba las uñas.

El partido seguía empatado a cero de milagro. Sólo porque el arquero tenía una buena tarde y el central López que, por querer lucirse frente a la bella entrenadora, sacaba todas las pelotas y cortaba cualquier avance. Siempre haciendo notar su gran porte, estatura y músculos que, creía, le gustaba a las “minitas”.

Los últimos veinte minutos Luchiati se cansó y pidió el cambio de Ordeñes por Julio Vizcardi. No era un cambio estratégico, sólo volante por volante.

–No te preocupes, yo te gano este partido y después nos vamos a festejar nosotros dos solos –le dijo Vizcardi al entrar al campo.

–No puede ser –dijo Florencia a Ordeñes que salía con evidente enojo–. Te saqué por uno más pelotudo que vos.

Cada pelota que tomaba Vizcardi era un disparo al arco sin dirección. No le importaba si estaba lejos, si tenía un jugador delante de él, o si estaba en un ángulo imposible. Sólo quería meter un gol espectacular que lo vuelva irresistible para la entrenadora.

Los últimos cinco minutos se consumían y el empate persistía. Una jugada por la izquierda del “Laucha” Miguez hizo levantar a los hinchas. Entró al área con pelota dominada, sólo tenía que tocarla para que el nueve del equipo la empuje al gol.

Miguez pensó “no le voy a dar el gol a este gil para que sea el favorito de la bomba esta. Lo voy a hacer yo”. Tiró una rabona, cuando el arquero salió a taparlo que casi termina yéndose por el lateral. La cancha se vino abajo por los silbidos y puteadas. Las chances del ascenso se esfumaban al verse al réferi levantar dos dedos para marcar el tiempo extra.

Al intentar otra de sus jugadas innecesarias Vizcardi ganó un tiro libre al borde del área. Todos salieron corriendo a pedir la pelota para patearlo. Florencia se dio cuenta de que con su competencia iban a dilapidar la última chance de convertir. Decidió sacrificarse por el equipo, se metió al campo lo más que pudo y gritó:

–Si hacen la jugada que les enseñé en la semana, salgo con uno de ustedes.

Los jugadores se miraron un momento y tomaron las posiciones de dicha jugada. Sabían que uno que se coma a ese bombón era mejor que ninguno. El árbitro dio la orden de juego. Vizcardi pasó por encima del balón para distraer, el misógino de Marsotti sacó un centro con pierna izquierda que cruzó toda el área donde la tomó Pérez que llegaba solo por el segundo palo (el central López había hecho un pantalla que detuvo a dos jugadores rivales), cabeceó al medio entregándole el esférico al ruso Steich con la nueve en la espalda. El goleador sólo tuvo que tocarla a la red. Gol en el segundo minuto de descuento. El estadio explotó en un grito compartido y todos quebraron en llanto cuando, un minuto después, se declaró el final del encuentro. El indio chaqueño (como apodaban al club) jugaría el torneo argentino por primera vez en su historia. Los muchachos corrían por la cancha semi desnudos festejando. Rodeaban con gritos y carcajadas a su técnica que acompañaba el festejo repartiendo algunos codazos a quien se propasaba con los toqueteos. Algunos invadieron la cancha y junto con los verdes estandartes del club en mano acompañaron la vuelta olímpica.

Era media tarde del lunes, los jugadores recorrían las calles en una caravana con la autobomba de los bomberos del pueblo pero Florencia Luchiati se encontraba en otro lugar. Estaba frente a una lápida que decía “Timoteo Bernardi 1995-2008. Indio hasta la médula”.

Colgó una medalla sobre ella y murmuró:

–Te dije que los iba hacer ascender, Titi.

Ezequiel Olasagasti.

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