El niño de la camisa del Start

#LITERATURA | #CUENTOS

Esta historia está basada en un hecho real. En 1941, las Fuerzas del Eje iniciaron la Operación Barbarroja, el plan de invasión a la Unión Soviética, durante la Segunda Guerra. Esto produjo la conquista de varios territorios, entre ellos la actual Bielorrusia y Ucrania. Trusevych, arquero del Dinamo de Kiev, consiguió trabajo como barrendero del local y al poco tiempo comenzó a reclutar a antiguos compañeros para formar un nuevo equipo, el FC Start, que terminó jugando el llamado “Partido de la muerte” contra un equipo integrado por miembros de la Luftwaffe.

Por: @Ezequiel_Olasagasti@Globalonet.web


Nunca creyó que al entrar a la panadería del señor Iosif Kordik se encontraría a Mykola Trusevych, el portero del Dinamo de Kiev, Barriendo el piso del lugar.

-¿Qué quieres pequeño?- preguntó el señor Kordik.

El niño no escuchó, estaba obnubilado con la presencia del gigante guardameta del club que amaba. Le parecía extraño ver sus manos, verlo sin la boina.

-¿Qué vas llevar niño?- preguntó otra vez el dueño de la panadería, esta vez con un tono más fuerte.

El chico escuchó pero no pudo dejar de ver Trusevych. Parecía más viejo de lo que recordaba. Estaba más flaco. Todo el mundo estaba más flaco en esa época en la cuidad pero él nunca creyó que los deportistas pudieran adelgazar. Sólo los había visto envejecer.

-¡Mocoso!- grito, ya harto, el señor Kordik.

-Pe…Perdón señor.- dijo el niño –Me envía mi padre a preguntarle si puede darnos algunas hogazas de pan a cambio de este par de zapatos de mi abuelo.

Kordik miró los zapatos con detenimiento. Por su espalda pasó caminando un hombre con una canasta de bollos de canela.

-¡Iván Kuzmenko!- gritó el niño sin poder controlar su emoción.

Era la primera vez que veía de cerca al delantero centro del Dinamo. Iván corrió con la canasta para esconderse en la cocina. Trusevych dejó caer la escoba y corrió detrás de él.

-niño estúpido- gritó el señor Kordik.

-Son… son… ellos eran- dijo el muchacho sin poder parpadear.

-Tomá estos panes, dile a tu padre que son gratis pero vete de aquí, por favor-

El panadero le dió una canasta con varias piezas de pan y los zapatos que el chico quería trocar. El pequeño corrió a su casa. Bajó la velocidad cuando pasaron dos soldados de la S.S y levantó el brazo derecho. Su padre le ordenó que lo hiciera si veía algún soldado alemán. Los militares le sonrieron y siguieron caminando. Al llegar a casa, el niño dejó los panes sobre una pequeña caja que oficiaba tanto de mesa como silla para toda la familia. Se puso su boina, unos zapatos robustos, una camiseta a la que el mismo le había pintado los colores del dinamo de Kiev y una pelota hecha de una media recubierta con trapos.

Se dirigió a la panadería. En la calle los vagabundos rumbados en el suelo sonreían al verlo pasar con su camisa blanca con los colores del Dinamo. Pasó a través de la antigua casa de los Sheshiv. Un cañonazo le había tumbado las paredes generando el atajo perfecto.

Llegó a panadería, cuatro muchachos bajaban costales de harina de un carro. Los reconoció de inmediato, era la línea defensiva de su querido Dinamo.

No les dijo nada. Acomodó dos trozos de mampostería caídos de un edificio cercano y armó un arco. Pateo y embocó su rudimentaria pelota entre medio de los escombros.

-¡Gooooool del Dinamo de Kiev!- gritó el niño.

Corrió por la calle revoleando su boina al aire. Los hombres lo miraban con una leve sonrisa en sus labios. El niño volvió a patear el trozo de trapo convirtiendo otro tanto.

-¡Goooool del Dinamo! Vencen a los Nazis por dos a cero.-

Los cuatro hombres corrieron hasta el pequeño, le taparon la boca y lo metieron en la panadería.

-No debes hacer eso muchacho- Le dijeron.

La admiración del niño por los jugadores le quitaron todas las ganas de preguntar porque no debía hacerlo. No se preguntaba porque había gente tirada por las calles, porque su familia no tenía comida, que había pasado con la familia Sheshiv. No sabía que eran los nazis, ni que era la operación barbarroja. Lo único que se preguntó en ese momento es si los jugadores le darían su autógrafo.

Corrió por la calle revoleando su boina al aire. Los hombres lo miraban con una leve sonrisa en sus labios. El niño volvió a patear el trozo de trapo convirtiendo otro tanto.

-¡Goooool del Dinamo! Vencen a los Nazis por dos a cero.-

Los cuatro hombres corrieron hasta el pequeño, le taparon la boca y lo metieron en la panadería.

-No debes hacer eso muchacho- Le dijeron.

La admiración del niño por los jugadores le quitaron todas las ganas de preguntar porque no debía hacerlo. No se preguntaba porque había gente tirada por las calles, porque su familia no tenía comida, que había pasado con la familia Sheshiv. No sabía que eran los nazis, ni que era la operación barbarroja. Lo único que se preguntó en ese momento es si los jugadores le darían su autógrafo.

-Niño guarda esa camisa- dijo Iván Kuzmenko que salía de una habitación. –Si quieres ver buen fútbol vuelve en un par de semanas que conocerás al Start FC.

Los alemanes habían habilitado el fútbol en el país pero incluyendo equipos formados por soldados Nazis para que compitan. Al chico no le importaban estos partidos hasta que vió un cartel que anunciaba que jugaría el Start FC contra el Rusk. No asistió al partido pero le pidió a su padre que le lea el resultado en el diario. El Start había ganado 7 a 2. Así, cada semana el muchacho preguntaba a todas las personas del pueblo cómo iba el Start FC en la liga local. Un 6 a 2 contra un equipo de soldados húngaros y un 11 a 0 contra los militares rumanos. A medida que pasaron los partidos, cada habitante del barrio pasaba por la casa del pequeño y le gritaban los resultados de Start, siempre con victoria para el equipo de los ex Dinamo de Kiev. El día que le ganaron 5 a 1 al Flakelf, un equipo formado con soldados de la Luftwaffe, fue el señor Kordik que esparció la noticia confiado de que su herencia alemana lo salve de algún castigo. El boca en boca creció. Los niños que jugaban al fútbol en las calles gritaban “gol del Start”, cuando anotaban.

El campeonato terminó sin que el Start pierda un solo partido, pero no se declaró un campeón. Semanas más tarde aparecieron nuevos carteles en las paredes de la ciudad donde el pequeño reconoció las letras que formaban el nombre del Start. Llevó un afiche a casa y su padre se lo leyó.

-El nueve de agosto el Start jugará un partido revancha contra el Flakelf- dijo.

Durante los días previos se corrían rumores por la ciudad. Que este partido debían ganarlo los Nazis, que al Start le habían dado un ultimátum y demás suposiciones. Cuando el pequeño pasó por la panadería vio a los jugadores trabajando como siempre. No estaban entrenando, se veían aún más flacos que la última vez. Tenían bajo los ojos una aurora negra que colgaban hasta los cachetes.

El día del partido las tropas alemanas dispusieron camiones para los que quisieran ver el partido. El niño fue con su padre, su hermano mayor y todos los vagabundos que día a dia yacían tirados por los suelos de la ciudad. El señor Iosif Kordik viajó junto a un par de los jugadores del Start en el camión de repartos.

El estadio explotaba en bullicio por los gritos de las personas y los instrumentos de las bandas alemanas. Todos los que viajaron en el camión con el niño se ubicaron en unas gradas que el ejército reservó para los hinchas del Start. Estaban fuertemente custodiados por soldados armados. En la entrada, a todos les quitaron cualquier insignia de los equipos de la ciudad, ya sea el Dinamo o del Shackhtar. Al chico le hicieron quitarse la camisa que había pintado con los colores rojos del Start. Los equipos salieron a la cancha y la banda comenzó a tocar el himno alemán. El equipo de la Luftwaffe hizo el saludo levantando el brazo derecho. Todo el público alemán lo imito. Los soldados que estaban cerca de los hinchas del Start gritaron:

-Saluden.

Todos levantaron el brazo. Los pocos que se negaron fueron sacados por los soldados a los empujones. En la cancha se veía al árbitro gritarles a los jugadores de Start. Ellos no hacían el saludo Nazi. El pequeño, al verlos bajó la mano de inmediato. El abucheo de los alemanes en las gradas cubrió el lugar.

El Flakelf anotó el primer gol a los pocos minutos. El delantero dedicó el tanto a los militares de alto rango que miraban desde el palco. El niño se comía las uñas. Vió que las caras de sus compañeros de gradas, su padre y también su hermano mayor estaban serenas. Como si se hubieran encontrado con lo inevitable. El partido avanzó con parsimonia. El niño entendía que esos muchachos, que hasta hace unos días vio medios desnutridos y con pocas horas de sueños, estaban haciendo lo que podían. De todas formas esperaba lo mejor. Llegó el empate del Start que se festejó sin gritos, apenas unos puños apretados de parte de los hinchas vigilados. Antes de que termine la primera parte el equipo ucraniano dió vuelta el marcador. Esta vez los gritos fueron inevitables.

El estadio tenía un silencio tenso durante el entretiempo. Los militares de alto rango habían dejado sus asientos. El niño los vió salir de la puerta que daba a los vestuarios con el ceño fruncido. Unos minutos antes que los equipos salgan la platea alemana comenzó a cantar en apoyo a su equipo. La banda militar acompaño con los instrumentos.

Se retomó el partido. El Start dominaba, pero le costaba avanzar entre las patadas certeras de los defensas alemanes. Para el árbitro todo era legal.

-eso es falta ¿Por qué no cobran?- preguntó el niño

El padre le hizo un gesto con el dedo pidiéndole que guarde silencio. Cada córner a favor del Flakelf era zona liberada para golpear al arquero del Start, Mykola Trusevych. Pero este no soltaba la pelota aunque le urgiera frotarse las costillas donde lo pateaban en cada oportunidad. El partido se emparejó, el equipo alemán puedo convertir dos goles más pero siempre fueron abajo en el marcador. Pero cuando los alemanes ya estaban cansados, hasta para golpear, se florearon por el campo hasta lograr convertir cinco goles. El murmullo desde la hinchada se escuchaba solo cuando los soldados lograban calmar por los golpes a los cánticos de los fans ucranianos.

En una de las últimas jugadas del encuentro, el habilidoso Klimenko regateó a toda la defensa a alemana y desparramó al arquero que salía a cubrir. El pequeño llenó los pulmones para gritar lo que sería el sexto gol de su equipo, pero Klimenko se volteó y pateó el balón al centro del campo. El juez dió por terminado el partido después de eso, faltaban algunos minutos para los cuarenta y cinco reglamentarios. Los jugadores de ambos equipos se acercaron y se saludaron por el encuentro, como caballeros del deporte. Desde las gradas los hinchas del Start vitoreaban y cantaban. Los jefes militares hacían gestos a los guardias pero no pudieron controlar a los ucranianos que los superaban en número. El chico con su padre y su hermano mayor salieron corriendo del lugar entre los tumultos que se armaron.

Varios días después del partido la gente volvía a la normalidad. Las calles volvieron a llenarse de vagabundos y niños hambrientos. La panadería estaba cerrada. Primero buscaron al portero, Mykola Trusevych. A las pocas horas la SS también se llevó a la rastra a Iván Kuzmenko. Los que quedaban se esparcieron por la ciudad cuando el señor Kordif se dio a la fuga. La familia del niño les dio asilo a dos defensores del Start, pero no tardaron en encontrarlos.

El niño agarró sus zapatos, la boina, la pelota improvisada con trapos y una nueva camisa que hizo con los colores del Start y salió de su casa. La noticia del fusilamiento de Trusevych corría por la ciudad. Llegó a la estación de policía donde varios soldados fumaban cigarrillos apoyados en sus autos. El niño puso un par de piedras sobre una vereda para formar un arco. Puso la pelota, pateo y convirtió.

-¡Goooool del Start!- gritando frente a los soldados.

Ezequiel Olasagasti.

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