Abrazo del Alma

A 6 años de la consagración del Ciclón de Boedo en la Copa Libertadores. Alejandro Schoo escribe sobre las emociones de un hincha, tras años de sufrimiento por intentar obtener un campeonato que le era esquivo. Un 13 de agosto del 2014 San Lorenzo de Almagro se subió al grupo de los conquistadores de América.

Por: @Schooale@Globalonet.web


Diez, nueve, ocho, siete. ¡Dale que falta poco, poquísimo! Seis. Ya esta, es así. Se nos dio, ¡por fin se nos dio! Cinco. Realidad. Me vuelvo loco, no lo puedo creer. Qué increíble estar viviendo esto, qué emoción. Cuatro. ¡Vamos, vamos, vamos la re puta madre! Esto es indescriptible. Tres. Dale, que ya no falta nada. Es ahora, es ahora. Dos. Gracias papá, gracias infinitas. No hay nada mejor que vivir algo tan emocionante como esto, más aún cuando es la primera vez. Es real, no puedo más de la felicidad. Aguantala ahí ídolo. Son todos mis ídolos. Uno. Exploto. Literalmente estoy por explotar de tanta alegría. Se me caen las lágrimas, me acuerdo de tanta gente… Tantas cosas encima, tanta historia, tanta lucha. Y cero. Pitido final. Puedo decir que en ese momento exploté, estallé, grité, sonreí, lloré. Todo eso junto. Nunca nos rendimos. Somos un ejemplo claro de que hay que ir siempre para adelante, aunque las circunstancias sean las más adversas que se puedan presentar, aunque te dejen sin nada, aunque se te venga el mundo abajo, hay que seguir. Grito de la emoción y me fundo en un abrazo eterno con Nico, amigo del alma, que voy a recordar para toda la vida. Se lo voy a contar a mis hijos, a mis nietos, a mis sobrinos, a todo el mundo. Algo tan fuerte no se olvida ni con alzhéimer. Estoy seguro que va a ser uno de los días más felices de mi vida. Y de muchos, de millones.

Todo empezó un tiempo antes. El Mundial de fútbol del 2014 en Brasil había interrumpido la llave de semifinales de la Copa Libertadores, dándole suspenso a un torneo que estaba viviendo a flor de piel. Esa pausa de más de un mes sería igual de vibrante. Argentina tenía un equipazo y estuvo muy cerca de lograr el gran objetivo llegando a la final del mundo, nada menos que contra Alemania, verdugo nuestro en los dos mundiales anteriores. La amargura que sentí cuando Gotze, en el segundo tiempo suplementario, pudo recibir un centro desde la izquierda y romper el cero del partido fue tremenda. Nos dejaba sin la copa, nos dejaba sin nada. Estaba con varios amigos mirando el partido, habíamos visto casi todo el Mundial juntos, fue como una cábala. La mayoría lloraba, los demás estábamos muy cabizbajos. La derrota en esos momentos es inentendible. ¿Llegar hasta ahí para perder? ¿Por qué? Qué lástima, qué lástima. Siempre lo dije: esos jugadores se merecían ganarla, eran los mejores del mundo. Y estaba él, el mejor de toda la historia. Me partió el alma, me destrozó el corazón. Pero nunca había disfrutado tanto a la Selección Argentina. Los mundiales tienen ese no sé qué que hace que todo el país se una, cosa que no hace ninguna fecha patria. La gente estaba feliz por todo un mes. Siempre me va a quedar la espina de no haber podido celebrar ese campeonato con mis amigos. Pero a los veintitrés monstruos que fueron a tierras cariocas para casi tocar la gloria, no les reprocho nada. Mi entero respeto para con ellos.

El dolor se me fue rápido. Yo estaba esperando otra cosa, y esa cosa era la Copa Libertadores. El club de mi vida jugaba las semifinales ese mismo mes. Y se prepararon con todo.

El veintidós de julio jugamos la ida, nos tocaba de locales. Barbie, que por ese entonces no era mi novia todavía, me invitó a ver el partido a su casa y preparó una picada espectacular. No podía estar más cómodo, aunque los nervios me traicionaban y vi todo el partido parado.  Uno, dos, tres, cuatro, ¡cinco goles les clavamos! Ya estaba definida la llave, prácticamente. Tenía que ocurrir un milagro en la altura boliviana para que lo dieran vuelta. Pero los milagros estaban con nosotros. En Bolivia perdimos uno a cero, el gol lo metieron a los noventa minutos. Estábamos en la final de la Copa, no importaba nada más. Qué hermoso ver a nuestro prócer ahí festejando, emocionado con los muchachos. Todos entraron en la historia grande. No se podía explicar. Ciento ochenta minutos que podían definir millones de sentimientos. Faltaba poco. Era nuestra, iba a ser nuestra.

Seis y trece de agosto. Dos miércoles. Dos finales. Una semana. Todo tenía que ser perfecto, fuera cual fuera el resultado. La ida sería allá, en Paraguay. Nacional era el duro rival que se nos presentaba. El último y el ante último. Para cualquiera de los dos sería la primera. Yo había arreglado todo con mi hermana María para ver el partido con ella y nos juntamos a comer en la casa en donde vivía (le alquilaba el cuarto a una señora, que era muy buena persona). Vino Barbie (¡ya éramos novios!), uno o dos amigos, mi hermana Carolina con Bauti, mi sobrino, y mi hermano mellizo, Santiago. También se acercó a presenciar el encuentro una chica norteamericana que alquilaba otro cuarto de la misma casa. No recuerdo cómo se llamaba. La dueña de casa no estaba. Solamente faltaban Pilar, mamá y papá. Yo estaba clavado frente al televisor. Entraron los equipos y los recibimientos fueron espectaculares. Cómo gritaban los doce o trece mil locos que se habían ido hasta allá. Piel de gallina. Lo único que quería era ver el partido, y así fue. No les presté atención a los demás en ningún momento, estaba hipnotizado. Dominamos, dominamos, dominamos. Todo el partido fue nuestro. Y en el segundo tiempo: “Romagnoli, Buffarini, Villalba métala que esta Matos, allí va Matos, gol!”. Asusté a todos con un grito demoledor, totalmente excitado, nunca grité tanto en mi vida. Salí a gritarlo al balcón. Grité como nunca. Golazo, golazo, golazo. Era nuestra, era nuestra. En seguida mi celular comenzó a sonar, era papá. “Gol pa, ¡tremendo! Se nos va a dar. Sí, sí, paciencia. Dale, después hablamos.”, le dije. No podía hablarle.  Estaba a diez mil, bien acelerado como siempre, no podía ser de otra forma. “Si no se sufre, no vale”, ya es nuestro lema. De verdad, San Lorenzo es eso. Algo tenía que pasar para darle un toque amargo a la semana, intriga, más impaciencia, hasta un poco de preocupación: Nacional nos empató cuando faltaban ¡veinte segundos para que terminara el partido!. Sí, mala leche. En el fútbol todo puede ocurrir, y nos ocurrió a nosotros. Listo, saque del medio y terminó el partido. Quedamos con un extraño sabor a derrota, cuando en realidad habíamos empatado el primer partido de la final. Todo podía ser a la vuelta. Y ahora empieza mi suerte.

El sábado siguiente a la primera final yo estaba tomando algo con unos amigos en lo del Negro, gran amigo y aparte entrenador mío. En el medio de la charla y la cerveza siento el celular vibrar. Lo saco del bolsillo y veo que me está llamando Nico. Atiendo un poco preocupado por la hora: o le había pasado algo o quería sumarse a la salida. “Nico ¿qué haces? ¿Pasó algo?”, le pregunté con curiosidad. Tengo grabada en mi cabeza su respuesta: “Ale, todo bien. Escuchame bien lo que te voy a decir, sentate y relajate. Creo que te conseguí entradas para la final”.  Me confundí un poco. Se me movió el mundo, la cabeza me dio mil vueltas. “¿Qué? ¿La final del miércoles?”, le respondí, medio sorprendido, medio incrédulo. “Sí, me las consiguió mi vieja, ahora te mando mensaje y te explico todo bien. Ya te lo mando”. Y me cortó. Me desesperé, miré a los chicos y les conté todo, ya estaba feliz. No entendían nada. Y me empezaron a llegar los mensajes: “Mamá fue a comer con Martín –el novio- y unos amigos de él, y resulta que una de las minas con las que comió es la dueña de la Copa Libertadores. Mamá se avivó y cuando esta señora se fue al baño le dijo a Martín que le pidiera entradas”. Más mensajes. Tengo guardada todavía la captura de pantalla que me envió Nico. Era de la conversación que estaba teniendo con la vieja. “Nico, te conseguí entradas para la final del miércoles así vas con un amigo. Puede ser Ale, se vuelve loco”. Tal cual, me volví loco. Se lo confirmé a los chicos, ¡qué entusiasmado que estaba! Todos me felicitaron, tenía mucha suerte, era un privilegiado. No muchos pueden vivir algo semejante. Yo todavía no era socio en ese momento y esas entradas me cayeron del cielo. Fue una noticia increíble. Iba a estar en la cancha en uno de los momentos más importantes en la historia del club que amaba con mi vida.

Domingo diez. Lunes once. Martes doce. Miércoles trece de agosto del 2014.

No pude dormir nada. No pensaba en otra cosa. Me levanté y leí todas las noticias deportivas. Leí todo Twitter, Instagram y Facebook. El tiempo no pasaba. Cada segundo era una hora. Intenté leer algún libro, para distraerme un rato, pero no conseguí avanzar ni media página. Di vueltas por toda mi casa. En todas partes veía a San Lorenzo. Comí bien temprano y antes de salir, preparé la mochila para el partido. No era mucho, solamente agarré la camiseta que me regaló papá y la metí adentro. La casaca tenía historia, era de un jugador cuervo de los noventa que papá se cruzaba seguido en las canchas de fútbol cinco de mi padrino en Palermo, Federico Basavilbaso. Un día el viejo le pidió si le podía llevar algo del ciclón y el tipo le cayó a la cancha de la calle Cabrera con esa camiseta gloriosa. Hoy en día la sigo teniendo, la cuido como oro. Es mi preciosa.

Salí de casa apurado. Estaba abrigado porque ese día iba a hacer frío. Entraba a trabajar a la una de la tarde y ya había arreglado el día anterior que me iba a las seis para ir a la cancha. A la final se llega con tiempo de sobra. Las diez cuadras y media hasta la oficina se me hicieron más largas. El día entero iba  a transcurrir de esa forma, la ansiedad me consumía, no pensaba en otra cosa. Miraba la hora cada tres minutos. Leí ochocientas veces los diarios deportivos,  decían todos lo mismo. Era nuestro día. Atendí llamados, contesté mails, hice mil cosas, pero mi cabeza ya estaba en el Pedro Bidegain.

Dos, tres, cuatro, cinco. Las seis de la tarde. Me despedí de mis compañeros de trabajo, me desearon suerte. A pesar de que estaba con tiempo, corrí por la calle. Paré en el medio de Arenales, casi llegando a Callao, y saqué la camiseta de la mochila para ponérmela. Seguí corriendo. Paré en un kiosco y compré varios chocolates bien grandes para la familia de Nico. Salí del kiosco a los pedos y seguí corriendo hasta French y Laprida.  Ahí me estaban esperando Nico, Martín, su hijo Santiago y un amigo de él.  Partimos hacia nuestro destino. La gran final.

El camino a la cancha lo sigo recordando como un sueño, lo disfruté muchísimo, como disfruté tantas otras cosas simples de ese mismo día. Tardamos media hora en llegar, más  o menos. Dejamos el auto en el estacionamiento, que estaba a más no poder, y nos bajamos. Había gente por todos lados, todos de buen humor.  Me acuerdo que caminé un poco entre los autos y pude ver a la gente que ya estaba en el estadio. Faltaban dos horas para que empezara el partido y ya estaba todo a reventar. Se escuchaba desde afuera: “!Cicloooon, dale Sanloré, queremos la Copa!”. Y sí, la queríamos como nadie. Era nuestra.

En el ingreso a la platea techada me para uno de seguridad y me dice: “Pibe, tenes puesta la camiseta más linda que tuvo San Lorenzo en toda su historia”. Sonreí, feliz. A Nico otro de los de seguridad le hizo una broma pesada y le dijo que su entrada era falsa. Nico se puso blanco, pero enseguida se rieron todos y nos dejaron pasar. Subiendo a la platea me crucé a algún famoso, lo señalé apurado y seguí mi trayecto, desesperado por estar en nuestros asientos.  Y salimos, estábamos ahí, la cancha lucía impecable, las plateas y populares estaban que se caían de las personas que llevaban encima. Y a lo lejos, a kilómetros de distancia, estaba la popular visitante. Pero no importaba nada. Nosotros éramos miles.

De vuelta la espera. Salió gente a todas las tribunas a repartir globos, y me acordé de nuestros hijos. Inflamos muchísimos para recibir al equipo. El tiempo pasaba lento.  A pesar de la poca señal, me llegó un mensaje de otro gran amigo, Nacho. También estaba en la cancha, en la misma platea que yo. “Estoy abajo del palco de Tinelli”, me envió. Me di vuelta y comencé a buscarlo entre toda esa marea de gente. Alguien levantaba los brazos. Ahí estaba Nacho, saludándonos. Con Nico no sabíamos de qué hablar. Hubo un show de música y otro de Freestyle, pero la mayoría de la gente los observó con impaciencia, chiflándolos algunos. En la platea Sur, que estaba enfrente a la que me recibió aquel día, formaron con carteles azules, rojos y blancos la siguiente leyenda: “Por la gloria”. De repente, sorprendiéndome, salían los referís junto con los equipos a la cancha. Y se prendió fuego el Nuevo Gasómetro. Fue el recibimiento más espectacular que había visto hasta entonces. Miles de fuegos artificiales, papelitos, globos y serpentinas salieron de las tribunas. Grabé todo con el celular y mil veces más vi el video en Internet, pero las mejores imágenes las llevo en mi memoria. Ya estábamos a noventa minutos de hacer historia. Me dio miedo pensarlo. Pero no se nos podía escapar.

Nuestra formación me la voy a saber siempre de memoria. Sebastián Torrico fue el encargado de cubrir los tres palos, un arquero atajador de penales y figura en muchos partidos claves. El Patón Bauza, un técnico que se caracterizaba por armar sus equipos de abajo hacia arriba, puso cuatro defensores: Julio Buffarini de cuatro, una máquina de correr; Mauro Cetto y Santiago Gentiletti fueron los centrales, ambos jugadores de mucha experiencia; Emmanuel Mas  cubrió la defensa por izquierda, un lateral de marca, algunos goles y mucho entrenamiento. En el medio jugaron dos cincos que eran considerados de las mejores duplas en ese puesto: Juan Mercier y Néstor Ortigoza. Uno para la recuperación y el pase simple y el otro para crear un poco más de juego. Ambos vivieron el mejor momento de sus carreras en esos tiempos en el equipo cuervo. Por las bandas el medio fue cubierto con dos jugadores surgidos de las inferiores del club: Leandro Atilio Romagnoli por la izquierda y Héctor Villalba por la derecha. El Pipi, ídolo eterno del club, era símbolo de sacrificio, compañerismo, buen juego y por tener siempre una visión distinta en los partidos. Una especie de mago que en cualquier momento puede sorprender con un truco. Villalba se había ganado la titularidad por ser una especie de tractor que, a pesar de tener a Buffarini atrás de él, corría como si de eso dependiera su vida. Podía cortar un centro del rival y a los diez segundos estar él mismo mandando un centro en el área contraria. Los delanteros fueron Martín Cauteruccio, uruguayo querido por todos los cuervos y que supo alcanzar un gran nivel en San Lorenzo, y Mauro Matos, el de los goles importantes y uno de los delanteros con mejor juego aéreo del fútbol argentino en esos tiempos. Entraron un rato a jugar en el segundo tiempo Gonzalo Verón, delantero con mucha velocidad, Enzo Kalinski para marcar y tenerla en la mitad de la cancha y Walter Kannemann, un guerrero para defender y asegurar resultados. No puedo olvidarme de Ignacio Piatti y Ángel Correa, dos cracks que no pudieron estar ese día (a Nacho lo vendieron a Canadá y los dirigentes de su nuevo club no quisieron que juegue la vuelta, y Correa había sido operado del corazón un tiempo antes), pero que fueron fundamentales para que San Lorenzo pase las distintas fases hasta llegar a la final.

Apenas comenzó el encuentro, Nacional tuvo una clarísima chance de gol. Pero claro, si no se sufre, no vale. Los once guerreros intentaban mantener la calma a pesar de la presión de la gente. “¿Por qué no cuenta el gol de visitante en la final? Qué bronca”, pensaba yo. De repente, luego de un córner, jugada peligrosa adentro del área y sí, ¡penal para San Lorenzo! Una mano clarísima de un jugador paraguayo nos daba la chance de ponernos arriba. Miré a la gente que me rodeaba y muchos rezaban. El gordo, con toda la valentía que requería patear un penal en ese momento, no lo dudó ni un instante. Agarró la pelota y se fue a la medialuna del área para no meterse en la discusión de los jugadores de Nacional con el árbitro. A pesar de la seguridad que transmitía, el penal siempre despierta la duda. “No lo miro, me doy vuelta”, le dije a Nico. Pero me arrepentí al instante. Lo miré temblando. Y tomó carrera el gordo, se acercó a la pelota, le dio bien fuerte y la clavó al lado contrario que había elegido el arquero para tirarse.  Fue uno de los goles que más grité y voy a gritar en mi vida. Me abracé con Nico, con el de al lado, con el de abajo, con el de arriba. En ese gol todos éramos un solo. En ese gol y en todos. Entretiempo.

Quince minutos que matan. “Salgan ya, quiero que termine este sufrimiento, me hace mal”, rogaba.  Y salieron bajo otro enorme recibimiento. Todos sabíamos que iba a ser lento, pero qué lento fue. Lo bueno fue que Nacional no tuvo ninguna chance clara, pudimos dominar lo que restaba del partido. ¡Qué paciencia por Dios! “¿Cuánto falta?”, preguntaban muchos.  “Dale, que ya termina”, decían otros. “Cinco minutos, más lo que agregue el árbitro”, respondía un señor que tenía cronometrado el partido. “¡Cinco minutos agregó, que hijo de re mil putas!”, pensé yo. Cinco minutos eternos. Aguantala Kali, aguantala Mauro por favor. Dale, dale que ya es nuestra. La estamos acariciando. Le están grabando nuestro nombre para siempre. Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno.

El abrazo que me di con Nico fue increíble. Un minuto nos quedamos así. Yo no sabía qué hacer. Gritaba, lloraba como un chico. Miraba a todos a mi alrededor y no había persona sin lágrimas en los ojos. Emoción en cada rincón, en cada una de esas casi cincuenta mil almas. Era nuestra. Por primera vez conquistábamos América. Qué lindo que fue. Como a todos los demás, supongo, se me pasaron un millón de cosas por la cabeza: la promoción en el 2012, la final perdida en la Copa Argentina en el 2013, el campeonato sufrido hasta último momento ese mismo año, que terminó sonriéndonos. Pensaba en papá, que me hizo cuervo fanático desde chico, en mamá y mis hermanos, que soportaron siempre mi fanatismo, en los amigos que me felicitaban, en todas las penas que tuvo que soportar este club enorme, para luego llegar a conquistar algo tan grande.  Pensé, instantáneamente, en el Real Madrid, equipo con el que nos veríamos las caras en Marruecos, en la final del Mundial de Clubes de ese año. Pensé en todo. Estaba tan feliz. Estuve en la cancha el día que San Lorenzo ganó su primera Copa Libertadores. Digno de contar en cualquier sobremesa.

Y ahora, para chicanear un poco a todo aquel que no es cuervo, les hago una pregunta: ¿Qué significa C.A.S.L.A.?

Alejandro Schoo.

 

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