Llanto de un diario íntimo

Palabras a corazón abierto sobre un paso a la inmortalidad.

Por: @Ezequiel_Olasagasti@Globalonet.web


Y esto no va a ser algo periodístico, algo de dato. Si va a ser algo serio, serio como la muerte misma. Muerte que puedo nombrar como predicado de una oración a la que no puedo nombrarle el sujeto. Pero ya saben quién es. Estas son lagrimas que caen en forma de letras. Algo sin pensar. Porque, ¿Acaso en un velorio uno planea cómo reaccionar? No, uno reacciona como puede, dice lo que puede, hace lo que puede. Como él hizo con su vida.

Calculo que el que lee esto siente algo similar a lo que siento yo, o algo incluso más fuerte. Al que entró buscando a que oraciones se le puede oponer por la ética moral de vanguardia y la conducta que nunca tuvo. Le doy la bienvenida también. ¿Por qué no?

Es difícil entender la muerte de un ser que creímos inmortal. Difícil entender que esta vez no la pudo gambetear. Pero es fácil sonreír al entender que no nos equivocamos, Diego es inmortal. Como cualquier artista, Diego se volvió historia a través de su obra. Va a estar en los libros, en los murales, en los videos, en los documentales, en las anécdotas de los niños y niñas amantes del futbol que en algún momento, Tarde o temprano, se van a topar con su nombre.

Diego, al final, no gambeteo la muerte. No lo hizo porque no era ella a la que había que esquivar. El verdadero rival era el olvido. Fue la Parca la que le devolvió el pase al Diego para que lo gambetee hasta llegar a la inmortalidad.

Y Acá no se dirá nada del otro mundo. Es un llanto como el de cualquier fanático del fútbol. No quedará en la memoria, ni en la historia. A diferencia de él. Hoy todos los tatuajes se volvieron a pintar, las remeras se emparcharon y recuperaron esas partes perdidas de las estampas. Hoy todos los temas que lo nombran se volvieron a entonar. Hoy todos los poemas volvieron a anidar en los ojos de los que miran las pantallas.

Las canchas, hoy, parecen más feas. Se ven demasiado perfectas, les faltan pozos, le falta barro. A los jugadores, hoy, les sobran tatuajes y cortes de pelo. Le sobran firuletes pero les falta magia. Le sobran los elogios pero le faltan los llantos. Hoy se ve que a todo le falta un poco de grasa, barro, trampa y sonrisas. Todo tan perfecto aburre, y está lejos de ser perfecto así.

Pensamos que durarías más. Es que 60 añ… digo, es que 600 años fue poco. O ¿fueron 6000? Pasa que el arte es así. Vive por siempre, a través de los milenios. Como las pirámides. Vive aunque ya no existan como los jardines colgantes de babilonia. ¿Exagerado? Puede ser. Pero el arte es exagerado. Y si no lo es, paso.

Yo te recuerdo desde tu arte, y te quiero por tu arte. Te reprocho como persona y te vuelvo a amar en tu arte. Eso no lo cambia nada. Porque al artista yo lo quiero por lo que parte de su talento. No voy a pedirle consejos de la vida. Me gusta Van Gogh por “La noche estrellada”, pero no voy a pedirle consejos de como criar a mis hijos. Vos fuiste humano, tal vez, eso es lo que más molestaba. Muchos necesitan un superhéroe, alguien sin fallas, sin errores, alguien que sea todo lo que nosotros no somos. Vos no lo fuiste ni por asomo, porque nunca quisiste serlo.

Recuerdo que te grité. Le grité a la tele como si me pudieras escuchar. Le grité a la noticia que leía en el diario o al audio de la radio. Grité como si te tuviera adelante. Grité como si me correspondiera gritarte y como si me conocieras como yo te conozco a vos. Nunca te vi en mi vida, pero te conocía como a nadie y sentí que tenía que gritarte. Te grité como se le grita a un amigo que está haciendo una cagada. Te quise odiar. Pero me di cuenta que era un hijo de puta gritándole “Hijo de puta”, a otro hijo de puta. Era como el que te gritaba falopero sin separar las muelas de su carretilla torcida. Como el que te gritaba villero mientras calentaba la polenta de ayer. Estaba jugando ese deporte argentino que todos supimos jugar mejor que vos. El de criticar a alguien por lo que sabemos que también somos. Creo que daba bronca que fueras tan argentino. Sabernos que éramos esa maraña de contradicciones que fuiste. Saber que el humano más querido y más conocido por el resto del mundo era eso, y no la leyenda de un prócer impoluto al que no se le pudieran contar las costillas. Que aburrido, ¿Quién quiere un personaje que sea perfecto? Cualquier novela con un personaje así te dirían que está mal escrito. Un buen personaje tiene que tener defectos, contradicciones, luchas internas, ser humano. Te tiene que generar ganas de matarlo pero que al mismo tiempo lo entiendas y no puedas evitar sentir cariño por él. Por eso tu historia es tan perfecta, fuiste el protagonista ideal. Lo dejaste claro en tu mejor obra, el partido a los ingleses. Ahí se ve lo que fuiste, fuiste tus tus dos goles: la trampa y la genialidad. Eso te resume.

Este día gris parece ser cómplice de lo que pasa, como en un poema del romanticismo. Parece que el que escribe tu guion sabe que no es un día para cielos despejados. Es el mismo clima que te tiró un rayo de sol solamente a vos en la tribuna de Rusia. Que guionista tenés, Diego eh.

Hoy es el día de tirar todo como en un diario íntimo. Como en el hombro de un amigo que no entiende bien lo que decís porque te ahogas con el llanto. Hoy todas las necrológicas que estaban a medio hacer son una falta de respeto. Deberían quemarse y escribirse de nuevo desde lo que se siente en este momento. O, mejor, no escribirlas. Dejar la grabadora prendida y gritar todo lo que te pasa por esta muerte. Agradecer, putear, recordar, putear, reír, putear y putear para cerrar. Es un día que te resulta imposible hablar en tercera persona. Hoy es todo subjetivo, personal. Un día en el que por las calles lloran tú partida, chicos que nacieron varios años después de tu retiro.

Hoy fue tu último pique corto, tú ultima gambeta para llegar al cielo. Ahora no escuchas lo que dicen esos a los que se los mira desde arriba.

Ezequiel Olasagasti.

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