Huelga de futbolistas

La pandemia nos hizo experimentar algo que los fanáticos del deporte no nos esperábamos: Un mundo sin fútbol. Esta es la historia de cómo un país enfrenta la falta de partidos por un conflicto gremial.

Por: @Ezequiel.Olasagasti@Globalonet.web


El turco Arbeloa llegó sin ninguna posibilidad al hospital. Había dejado partir su alma en el camino, en la ambulancia. Los médicos no pudieron hacer nada. El cuchillo enterrado en la garganta le vació casi toda la sangre, incluso antes de que lo suban al vehículo.

Había pasado eso que todos nos imaginábamos que pasaría. Eso de lo que el periodismo siempre se mostró tan preocupado todos los miércoles y jueves cuando ya no quedaba nada que comentar de la fecha. Pasó eso con lo que todos hacíamos chistes porque, en el fondo, confiábamos que no podría terminar de pasar. Pero pasó.

El cuchillo voló de la popular visitante, donde estaba la barra de Banfield. El partido entre el Taladro y el Pincha redondeaba un pálido 0 a 0, por lo que el chimichurri empezó a gestarse desde la tribuna. Que te vamos a matar, que van a correr, que estos putos, que el aguante, las típicas canciones de las aficiones argentinas.

Pobre turco Arbeloa, ni siquiera tenía porque sacar el lateral él. Eso era trabajo del Pochi Salaos, él era el lateral. Pero el turco quiso apurar el juego. El cuchillo fue escupido de la tribuna como una semilla de sandía. Giró sobre su eje como una estrella ninja y se clavó en el cuello de Arbeloa quien cayó fulminado. Los del banco de Banfield levantaron los brazos pidiendo al juez que interrumpa el juego. Los de Estudiantes corrieron hasta el árbitro pidiendo que pare el reloj pensando que estaban haciendo tiempo. El arquero del pincha agarró al turco del brazo para que se pare y pueda continuar el partido. Cuando vio el charco de sangre bajo el cuerpo de Arbeloa soltó un grito que se ahogó bajo los cánticos de las tribunas.

Si bien la noticia explotó en el mundo periodístico, nacional e internacional, la fecha no se canceló. Se terminaron de jugar el Boca – Independiente y el River – Talleres de ese mismo día. El lunes los noticieros debatieron sobre la violencia en las canchas. Sociólogos, policías, políticos, ex jugadores. Todos dieron los mismos argumentos y soluciones de siempre, esas que nunca se terminaban utilizando. El martes se hicieron homenajes al turco Arbeloa de parte de todos los clubes. El miércoles y jueves solo los canales de deportes y los diarios deportivos seguían hablando del hecho. Tomaban declaraciones de los hinchas y pasaban, en un ciclo infinito, las imágenes de las cámaras de seguridad de los estadios. Solo de las que funcionaban obvio. El viernes todo estaba más calmado, las autoridades de Banfield les informaron en un mail a los jugadores que deberían presentarse el sábado para hacer una breve práctica para después concentrarse antes del partido del domingo contra San Lorenzo.

Y acá fue donde pasó lo que nadie se esperaba. Los incidentes nos lo vimos venir, igual que los debates televisivos, los homenajes, que se siga jugando la fecha sin problema. Todo ya lo habíamos vivido en algún momento como hinchas. Incluso no le sorprendió a nadie que se continuara con el torneo aunque no hubiera nadie preso por la muerte del turco. Lo que nadie se esperó es que los jugadores se sentaran en la cancha.

Apenas el Pipi Rollagnia dio el puntapié inicial para los de Boedo los dos equipos en sentaron en el pasto con los brazos cruzados. El sonido de los silbidos fue en aumento hasta tapar por completo a los bombos y las trompetas de las tribunas. Los árbitros se miraron entre ellos y pedían explicaciones por el intercomunicador.

—Estamos viviendo un hecho extraño en el Nuevo Gasómetro, damas y caballeros— explicó uno de los relatores a los televidentes que miraban el partido. –Los jugadores se han sentado en el piso, creemos que como una protesta. Tal vez tenga que ver con la lamentable muerte de Mariano Arbeloa la semana pasada.

—Tenemos información de la cancha de Argentinos Juniors— dijo el comentarista de la trasmisión –allí se está jugando el partido entre el cuadro de la Paternal y el Club Atlético Ferrocarril Oeste. Según nos informan los colegas los jugadores se han sentado en el césped del estadio luego de haber dado el puntapié inicial tal como vimos que sucedió aquí.

En los costados de la cancha comenzaron a caer hielos, monedas, encendedores y demás objetos contundentes de los hinchas furiosos. El juez se acercó al capitán, hablaron tapándose la boca. Luego se acercó al medio del campo, sonó el silbato y dio por terminado el encuentro.

Todos los partidos de ese día en las distintas divisiones tuvieron el mismo resultado. Fueron suspendidos porque los equipos se rehusaron a jugar. Hubo varios incidentes entre la policía y los hinchas que ingresaron al campo de juego para increpar a los jugadores. Más de un centenar de hinchas fueron detenidos, unos pocos de ellos relacionados con alguna barra brava.

Minutos antes de que termine ese domingo Ramiro Dellabosca, capitán y referente del club atlético Banfield otorgó una entrevista telefónica con un canal de noticias para explicar lo sucedido.

—Los jugadores nos declaramos en huelga. — dijo contundente, como si no quisiera hablar mucho.

Hizo referencia al caso del turco Arbeloa y aseguró que hasta que no se mejoraran las condiciones de trabajo, todos los jugadores del fútbol argentino no tocarían una pelota en partidos oficiales y tampoco en las prácticas.

La adhesión al paro fue total. Se cancelaron los encuentros de todas las ligas de fútbol argentino. Incluso se sumaron los chicos de las inferiores, quienes fueron buscados de inmediato para ocupar el lugar de los profesionales.

Con el pasar de los días, se sumaron a la huelga los cuerpos técnicos de los equipos en solidaridad con sus entrenados. Por último, se sumaron los árbitros y jueces de línea a la medida de fuerza aunque no le importó mucho a nadie.

Los meses pasaron y la ausencia de fútbol comenzaba a hacer mella en el ambiente deportivo. Las tiendas dejaron de vender remeras, pantaloncitos, gorras y demás indumentaria. Los canales de deportes perdían audiencia, mantuvieron un poco la atención hablando del caso y pasando documentales de mundiales o partidos históricos. Los puestos de comida cerca de los estadios se trasladaron a las plazas, pero la competencia con los foodtracks era demasiado para ellos. Los clubes fueron los más afectados. Perdieron sponsors, contratos televisivos, el dinero de la venta de entradas, las cuotas de los socios, etc. Hubo acercamientos con los jugadores para intentar arreglar las cosas, pero, mientras no se tocara a la barra brava los trabajadores no aceptarían volver a jugar.

El primero en proponer lo de los hinchas fue Central.

—Hagamos jugar a los hinchas en una especie de amistoso. Al menos para mover un poco el árbol y que caiga algo— propuso a la junta directiva del club, el presidente canalla, Ernesto Noriega.

“Si no se te dio de chico hoy es tu oportunidad. Convertirte en un jugador profesional”, decía la campaña publicitaria del club. En unos días juntaron veintidós hinchas para formar un plantel. Cuatro o cinco bastante decentes, el resto eran barras que pidieron jugar sin hacer ninguna prueba de nada. Organizaron un partido con un equipo amateur de la ciudad llamado “Los pibes fútbol club”. Algunas personas fueron al estadio tentadas por los sorteos de camisetas y demás premios. No hubo una transmisión oficial de la televisión pero el evento tuvo un gran seguimiento en las redes sociales y en los noticieros que cubrieron el evento.

El pequeño éxito del club rosarino animó a los demás a hacer lo mismo. En pocos meses cada uno tenía su propio equipo conformado por hinchas. En un par de semanas hicieron el movimiento inevitable. Se organizaron partidos amistosos entre los equipos amateurs en los estadios con entrada libre y gratuita para los socios.

La audiencia fue más de la esperada. Tanto así que casi tuvieron que suspender los partidos por no contar con suficiente personal policial en los estadios. Tal vez por la falta de fútbol durante tantos meses, la entrada gratuita, el morbo de ver jugadores amateur compitiendo como profesionales o lo que sea. Los clubes supieron que tenían que dar el paso en ese momento. Con una pequeña campaña de marketing de pocas semanas se confeccionó la “Real Liga de Fútbol Argentino”, con hinchas ocupando el lugar de los jugadores profesionales. “Ahora el partido lo juega un hincha de verdad, como vos”, decían los carteles que empapelaban la ciudad. En la radio hablaron los dirigentes de los clubes asegurando que el fútbol volvía a su escencia original. Que sería como en el principio, que se jugaba por el club y no por el dinero.

Mientras tanto, los jugadores profesionales que ya se habían gastado la mayoría de sus ahorros por la huelga recurrían a algunas changas para mantenerse: manejaban taxis y remises, atendían los negocios familiares y hasta se compraban motos pequeñas para hacer delivery. Algunos se daban el lujo de presentarse en fiestas o eventos privados de millonarios futboleros. El Chelo Figueroa, delantero estrella de independiente recién llegado de Europa, te cobraba cinco lucas por ir a un asado y fingir ser amigo del organizador. Contaba anécdotas, se sacaba foto y hasta se jugaba unos picados. Después había otros, como el tano Lizuti, que tuvieron que vender sus remeras firmadas y todas las demás camisetas que hubieran intercambiaron con figuras internacionales en algún partido de copa.

Un pequeño de grupo de veteranos comenzó a juntarse en Plaza de Mayo con unas pancartas exigiéndole al gobierno una solución al conflicto para poder volver a trabajar. Sin embargo, no llamaban mucho la atención. Se paraban un par de horas en el centro de la plaza haciendo palmas y entonando alguna que otra canción de protesta, pero terminaban yéndose a tomar un café cuando sentían que el sol estaba muy fuerte.

Las primeras fechas del torneo de hinchas fue un éxito en audiencia. Tuvieron picos de treinta y cinco puntos de rating y las tribunas rebalsaban con más de la capacidad máxima permitida de espectadores. El juego, sin embargo, no estuvo a las expectativas. Solo dos de los diez partidos de la fecha tuvieron al menos un gol y en uno de ellos este había sido en contra. Los hinchas-jugadores parecían jugar en cámara lenta y sin poder controlar una sola pelota sin chocarse con un contrario. Pasado los primeros quince minutos se podían ver a algunos fuera de la línea de cal con los brazos en jarra tratando de recuperar el aire. Los córneres no llegaban al área, los saques de arco no lograban pasar la línea de la defensa. Todo sucedía en la mitad de la cancha. Como si el campo fuera un embudo que hacía a los hinchas jugadores amontonarse a patear la pelota de un lado a otro sin que ninguno la tuviera realmente. Varios partidos tuvieron que suspenderse antes del primer tiempo porque los hinchas-jugadores sufrían desgarros o calambres y, dejaban a su equipo con menos de la cantidad mínima de jugadores para disputar el encuentro. Otros sufrieron la misma suspensión pero por la cantidad de expulsados que tenían los equipos. Sobre todo en partidos picantes o clásicos. En la fecha del San Lorenzo vs Huracán, por ejemplo, terminaron a los golpes dentro del área mientras esperaban un córner. De la tribuna cuerva bajó el cantico “Que nacieron hijos nuestros…” , y los hinchas-jugadores comenzaron a cantar mientras esperaban la pelota. Lo que provocó una batalla campal entre ambos equipos. Estos dos clubes era los que más integrantes de la barra tenían en sus planteles.

Las audiencias comenzaron a disminuir, así como el público que asistía a los partidos. La violencia se había vuelto tal que muchas familias dejaron de ir. En un independiente vs Arsenal sucedió que, cuando la hinchada del rojo comenzó a silbar y a entonar el cantico de “Jugadores, la Co… de su madre”, los hinchas-jugadores salieron del campo de juego hacia la manga de salida y se metieron en la tribuna para pelearse con la gente. Hubo varios heridos por las balas de goma y los gases lacrimógenos de la policía.

Mientras tanto, las reuniones de los jugadores en plaza de mayo seguían sumando adeptos. Algunos militantes de Partidos de Izquierda se les sumaron para ayudarlos a organizar la movilización. Les confeccionaron banderas y volantes para repartir entre la gente que pasaban y así ponerlos al tanto del porqué de la protesta. También organizaron un fondo común de ayuda económica para los jugadores de clubes pequeños que no podían afrontar la huelga. Los jugadores más importantes del mundo como el brasilero Risalvinho, el holandés Van Hommel y el portugués Da Silva, entre otros, hicieron donaciones millonarias a este fondo para socorrer a sus colegas argentinos en esta lucha.

Fue al chiruza Rivarola que se le ocurrió, casi sin pensarlo siquiera, entregar los volantes con su firma y sacándose fotos con la gente que los acompañaba en la plaza.

A medida que pasaron los meses, las concurrencias en las canchas siguieron cayendo. Muchos hinchas prefirieron ir a la Plaza de Mayo a sacarse fotos con sus jugadores favoritos y llevarse autógrafos, pelotas, shortcitos, remeras de entrenamiento y demás artículos que los jugadores decidieron regalar para sumar adeptos a su causa. Estos eran entregados, obviamente, a aquellos hinchas que firmaban la solicitada que habían hecho los trabajadores del fútbol y que, además, participen activamente de la marcha.

La protesta de Plaza de Mayo comenzó a tomar notoriedad en la prensa. Las tomas aéreas del lugar mostraban columnas de gente que llegaban casi hasta el Obelisco para apoyar a los jugadores todos los domingos, de 16 a 22hs. El horario lo eligieron para sacarle todo el público que pudiera a la “Real Liga de Fútbol Argentino”. Incluso se organizaron partidos callejeros donde el público podía compartir equipo con el arquero titular de Boca y el nueve estrella como compañeros.

Las fechas por la liga continuaron solo para cumplir con el contrato televisivo que habían firmado. Los partidos terminaban sin goles o siendo suspendidos por lesiones y expulsados como el primer día. Defensa y Justicia, el único plantel con mayoría de chicos sub-20, era el puntero con cinco puntos y cuatro goles a favor a solo dos fechas del cierre. Muchos de los otros equipos habían perdido jugadores. Los pocos hinchas comunes que había decidieron abandonar el torneo y fueron remplazados por más barras.

El torneo terminó una fecha antes de lo previsto, el 13 de octubre, luego del clásico rosarino entre Newell´s y Rosario Central, los jugadores-barras de ambos equipos se pusieran a pelear luego de que se cobrara un penal dudoso. Corrieron a los bancos de suplentes donde habían escondido cadenas, palos y cuchillos. El encuentro fue un éxito de audiencia televisiva pero solamente en los canales de noticias que cubrieron el enfrentamiento al estilo coliseo romano.

Ezequiel Olasagasti.

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