Comparto “presión” contigo

Se habla mucho de la presión en el deporte. Odio ser esa persona que siempre parece tener un problema peor que el tuyo pero, ¿Presión? Jugate tu laburo. No, jugate tu futuro entero en un partido y vení a hablarme de presión.

Por: @Ezequiel.Olasagasti@Globalonet.web


Yo era bueno. Bah, considero que lo sigo siendo para la edad que tengo. En los torneos seniors calculó que me iría bien. Pero cuando era pibe era una máquina. Era bueno EN-SE-RIO. El tenis es un deporte de clase alta. Pero a mi me ayudó mucho la calle. Con los pibes jugábamos el 90% del tiempo a la pelota. Ese 10% restante lo ocupamos en otros deportes. Y siempre había un par de paletas de madera para jugar al tenis en la calle. Algunos hasta le pedían prestadas a los viejos las paletas de paddle.

Cuando estaba en el club, Don Horacio siempre me presionaba para que apunte a una carrera profesional. Decía que tenía condiciones natas. Pero no era nada de ser un prodigio. Era de jugar en la calle. Me acuerdo que las líneas de brea del asfalto formaban una especie de cancha perfecta. Los laterales los marcaban los cordones de la vereda. A veces poníamos dos palos a cada lado de la calle con una cuerda que simulaba una red, pero era una molestia sacarla cada vez que pasaba un auto. Eso de jugar sin red te hace mejor, porque te puede venir una pelota casi al ras del piso y vos tenés que devolverla como sea. ¿Sabes la agilidad y rapidez como jugador que sacás así?

“Vos tenés una mano Bárbara pibe. Si te ponés las pilas podés ser profesional”, me decía el viejo Horacio. Y tal vez tenía razón, que se yo. Nunca me interesó mucho. Me gustaba jugar, me sigue gustando. Gané varios torneos en el club. Hice muchos amigos. Esos cercanos como los que te hacés en el barrio o en la escuela. Eran mis amigos de tenis.

Era otro mundo, eso sí.  Imagínate que jugábamos torneos inter country, mucha de gente de otro estrato social. Una sociedad muy distinta. Todo por el tenis. Si no fuera porque jugaba bien no iba a esos lados ni a cortar el pasto. El tenis me fue llevando a círculos cada vez más cerrados, a estudiar Administración de empresas con mi mejor amigo del club, Facundo, el que me fue haciendo escalar. Me llevaba a jugar al tenis con la familia de la novia. Con el padre y los amigos que siempre nos regalaban algo por remplazar a esos colegas que no podían llegar.

Ahí entendí que el tenis era, como decirlo. Era una herramienta importante para construir mi futuro. Uno se va haciendo grande y ya no puede seguir jugando en el club para joder con los amigos. Uno crece y se tiene que conseguir un trabajo, estudiar. Ser alguien en la vida como quien dice. En la facultad siempre me fue bien, tenía 9,23 de promedio y una beca importante. Por las mañanas, atendía una perfumería para hacer unos mangos. Hasta que en un día Facu me llevó a jugar al tenis con su jefe y un socio muy importante al que le querían sacar plata.

– Juga con él. Tiene que pasarla bien y, sobre todo, ganar.- me dijo Facu – Igual no nos vamos a dejar meter los puntos con mi jefe, así es más realista.

Ese día entendí todo. Gané el primer set casi solo, grave error. ¿Quién se divierte jugando si el otro está haciendo todo? Entendí que tenía que dejar que los puntos importantes los meta el viejo que estaba conmigo. Sino se iba a ir enojado por jugar mal. El segundo lo perdimos apenas. Hice correr a Facundo y el jefe por toda la cancha para dejarlos cansado. Así que el último set, el viejo que estaba conmigo, solo tenía que terminar los tantos fáciles.

Ahí nomas ya estaba todo hecho. Charla post partido hablando de tenis. Unos traguitos con algo para comer una noche. Otro partido más en la semana. Listo, el viejo había puesto la plata y yo estaba trabajando en la empresa en el mismo puesto que Facundo.

El tenis me iba a llevar lejos, como dijo Don Horacio. Tal vez no como él pensaba pero seguía los mismos conceptos. Uno no puede confiarse que siempre tendrá ese talento juvenil. Ir a un encuentro sin más, pensando que siempre va a jugar bien. Uno tiene que saber que no está entrando a una cancha a pegarle a una pelota con una raqueta. Yo me mentalizada que estaba entrando a una sala de conferencias, a una reunión donde debía ganarme al inversor. Y para eso debía usar mi mejor arma, el tenis. Tuve que entrenar. Como quería Don Horacio. Entrenar, formarme, profesionalizarme. Hay un montón de viejos con guita que juegan horribles y no es fácil hacerlos brillar.

Hace unos días miraba la televisión y en un programa hablaban de Roger Federer. Le sobaban el lomo, lo alababan como si él estuviera escuchando. Que la muñeca de Federer, que la pone donde quiere. No sé, un montón de cosas. Ojo, no vaya a pensar que me creo mejor que Federer, jamás diría eso. Pero, yo hago algo que el suizo no hace. Yo juego un tenis más difícil. Él se entrenó toda la vida para meter la pelota en los flejes de la mejor forma posible. Sabe hacer que la pelota pique de la mejor manera para que el contrario no pueda devolver el golpe con comodidad. Eso es perfecto. Eso es saber jugar. Eso es lo que te da la victoria. Ahora, yo tuve que ir más allá, tuve que perfeccionar la técnica de mandarla afuera cuando es necesario y que no se note que erré a propósito. Tuve que aprender a dejar la pelota en el punto justo y que además haga el pique a la altura indicada para que los boludos con plata le peguen de la mejor manera. En un mano a mano Federer me liquida, pero lo quiero ver a él haciendo lo que yo hacía. Que tenga adelante al jefe, quiera dejarlo ganar y se le note a leguas. Ni lo dudes, eso es de verdad difícil.

Me quieren hablar de la presión de los tenistas. ¿Vos sabés lo que es tener al dueño de una multinacional en frente y tener claro que si no le caes bien te puede hundir la carrera en la empresa? Eso es presión.

Yo tenía que estar en los detalles, mirar todo. Si en el vestuario veía a mi contrincante pasarse alguna crema en, por ejemplo, la rodilla derecha, sabía  que cada paralelo debía tirárselo cerca del cuerpo. A la altura justa para que no tenga que flexionar las piernas para sacar la volea o el revés. Yo tuve que aprender a jugar tan bien que podía hacer que la gente me gane de la forma que más disfrutara. Que me vieran como un compañero perfecto que complementará su doble, como un rival que saca lo mejor de uno. Mi victoria era que se vayan pensando: “Que partidazo. Lo voy a llamar al pibe este más seguido”. Buscaba jugar otro partido y llegar a terminar de apuntalar los detalles que van más allá del juego. Saber a que político tenía que criticar después del partido. Terminar con el aire regulado para hablarle de lo bien o lo mal que había jugado el equipo de fútbol de primera que fuera necesario.

El problema, ahora me doy cuenta, es que uno no puede ser el mejor eternamente. Nadie puede estar en el top del ranking para siempre, siempre llega un león más joven que relega al viejo a vagar solo por la estepa comiendo carroña. ¿Pero como iba a saber yo? Si sos un profesional claro que lo notas. Los ves ganar torneos, lo enfrentas. Pero en este tenis que yo jugaba ¿Cómo te das cuenta? ¿Cómo sabés que tenés adelante a otro que practicó la técnica del tenis total? Sí, Así lo llamaba yo, “Tenis total”. Así llamaba a esa capacidad de jugar tan bien al tenis que podías ganar y perder haciendo quedar bien al que quisieras.

Me tendría que haber retirado a tiempo. Diez años estuve arriba. Logré ascenso tras ascenso. Cenas en mesas que no me creerías si te digo quien estaba. Cerré negocios millonarios en el polvo de ladrillo. Tenía mi casa, mis autos. Todo lo que te puedas imaginar. Ya podía dejarme de joder. Jugar por jugar. Hacerme el dolorido si no tenía ganas de nada. El problema es que cuando te metes ahí no podes salir. Hay otro cliente, otro socio, otro inversor. Hay que convencerlo, o jugás o no te tienen más en cuenta.

Ese día que mi jefe me llevó jugamos en la cancha de un gringo. Tenía dos canchas el tipo en su casa. Dos canchas. Una de polvo de ladrillo y una de carpeta.

Éramos tres, esperábamos que llegue Facundo. Tomamos algo fresco en unos sillones hermosos. Al ver como agarraba su vaso, noté que el gringo era zurdo. Fui armando la estrategia de como dejarle las bolas servidas para que la cruce de izquierda. Cuando vi venir a Facu no lo pude creer, llegó con otro que no se de donde sacó.  Dijo que el estaba mal de la rodilla y que había traído a un amigo para que lo reemplazara. Lionel, no me olvido más. Lío.

Era muy bueno. Era buenísimo el pibe, tiraba chistes, hablaba de economía, de cuidado de la casa. Y en la cancha sabía tanto como yo. También manejaba el “tenis total”. Me acuerdo que devolvía la bola y cuando me disponía a dársela al gringo para que nos clave un puntazo, terminaba pegándole horrible. Parecía que lo hacía a propósito. El gringo se reía de mí, decía que era un novato. Yo me reía ¿Qué voy a hacer? A veces se la tiraba al pibe para hacerlo quedar mal. Se la tiraba a los rincones más inhóspitos del rectángulo pero devolvía todas. Llegaba siempre y se la daba a mi jefe para que este fallara.

Ahí perdí. Me enojé y perdí. Empecé a tirarle pelotazos al lado del gringo, todas a la mano menos hábil. No me daba cuenta lo que me hacía el chico este. Me las dejaba justo para que yo le tire al gringo. Y para que le tire con todo. Para que lo haga quedar mal. Lo hacía a propósito y con una habilidad envidiable. Que bien que la hizo ese pibe. Mi jefe empezó a jugar mal para que no ganemos pero era muy obvio. Solo lograba que el gringo se enoje.

Y bueno, ganamos . Pero ganamos con paliza. Yo metí la mayoría de los puntos. O sea, quedé como un soberbio de mierda. La cara con la que me miraba el gringo, los ojos que ponía. Se ve que no le gustaba perder a nada. Mi jefe no te cuento como estaba. El gringo nunca más nos invitó a ningún lado después de eso.

Más temprano que tarde me cayó a mí la ley del hielo. Me esquivaban en los pasillos de la oficina, en el comedor, mi teléfono dejó de sonar. No me llevaron nunca más a un partido. Yo traté de meterme en algo pero nada, nadie me atendía el celular. Ni quiera mi otrora amigo Facundo. Una vez pase por las canchita de Lawn Tenis y lo vi jugando con Lionel. Ese hijo de puta. Los dos.

Es como te digo. El tenis me abrió puertas enormes. Y así como me las abrió me las cerró en la nariz.

-Acá en la esquina esta bien maestro.

– ¿Seguro? Mirá que te puedo dejar más en la puerta

– No, no. Acá está bien. ¿Cuanto le debo?

– 368 pesos.

– Tome 400 y guarde el cambio.

-Bueno muchas gracias y buen día.Disculpe jefe. ¿Esta libre el taxi?

Si, pibe subí.

A Bulnes y Lavalle por favor. Frío ¿no?

Sí, está fresco. Venía escuchando en la radio sobre los deportistas que sufren presión. Se habla mucho de la presión en el deporte. Odio ser esa persona que siempre parece tener un problema peor que el tuyo pero ¿Presión? Jugaste tu laburo. No, jugaste tu futuro entero en un partido y venía a hablarme de presión.

Ezequiel Olasagasti.